Refugiado en sus afectos y con la reserva que eligió para sobrellevar el duelo de su separación de Paula Robles (41), paulatinamente, Marcelo Tinelli (49) va retomando su rutina, ahora que el plan de “reorganizar” su vida lo aleja del vendaval mediático que generó la ruptura de su matrimonio. Un final de historia que, según el conductor de ShowMatch, llegó “en buenos términos” y cuyos involucrados siguen manteniendo una relación llena de afecto, más allá del distanciamiento.
Hoy, y mientras su ex mujer también rehace su vida y continúa viviendo en el departamento familiar de Le Parc junto a sus hijos, Marcelo sigue habitando la propiedad que su amigo Federico Ribero le prestó, en Las Cañitas. Un barrio que ahora lo tiene de vecino y cada tarde lo ve trasladarse en su camioneta 4x4 hacia los estudios de Ideas del Sur, donde nuevamente se ha puesto al frente de ShowMatch, el exitoso envío de Canal 13 que, noche tras noche, lo vuelve líder y figura de la televisión. Un programa que volvió a devolverle la sonrisa que genera el rating elevado y la repercución en los casi todos los medios.
SigueDecidido entonces a recobrar la normalidad en cada faceta de su vida y luego de un mes y medio de haber anunciado el fin de su matrimonio con la madre de Francisco (11) y Juana (6), Marcelo volvió a pasar un fin de semana en Uruguay, esta vez, en plan estrictamente familiar y cerca de sus hijos más pequeños. Junto a ellos, la mañana del sábado arribó al país vecino y de inmediato se refugió en “Guanahami”, su casa con playa privada de la zona de la Boyita. Sólo abandonaron la propiedad al mediodía, cuando Marcelo decidido que “Fran” y su adorada “Juanita” se sintieran más mimados que nunca, los subió a su cuatriciclo y dieron un paseo por la playa, sin que el viento o la baja temperatura del otoño fuera un contratiempo para el divertido plan. Así, por quince minutos —lo que demora el trayecto—, el conductor se aventuró junto con sus hijos en un raid que, ya sin la compañía de Paula como sucedió en el último verano, concluyó en el restaurante La Huella, en José Ignacio. Allí calmaron el apetito que genera el aire de mar y continuaron sumando risas y buenos momentos de complicidad, como la de un padre con sus hijos.